La vicisitud con el amor en el cine

Wonder Woman‘ está de rigurosa moda. Muchas han sido las opiniones vertidas sobre la película del momento, una significativa mayoría han sido de naturaleza positiva. Las virtudes de la película han sido ensalzadas hasta el punto de que DC puede considerar que esta vez sí ha salido bien una de sus creaciones, y al nivel de que muchas webs americanas (más bien por escasez de títulos a los que agarrarse) la hayan situado en una potencial lanzadera de cara a la temporada de premios.


El personaje de Diana está tallado a la perfección, culpa, por supuesto, de Gal Gadot. Su convicción y su determinación son únicas en el género, y recuerdan a esa guerra de ideales que Tony Stark y Steve Rogers, a.k.a Iron Man y Capitán América, tensaron en ‘Capitán América: Civil War‘. Sus principios concuerdan con los de Jean-Jacques Rousseau (no, no se va a hablar en el texto de El Contrato Social), pero su creencia férrea en un contexto evidentemente más ficcional genera mucha más empatía que la visión de bondad humana del polímata suizo francófono. Y además impregna de exuberante belleza su poderío físico.


Todo importa en la figura de Diana, desde su adorablemente furiosa presentación siendo una niña hasta ese salto de poder vertido sobre París en el último fotograma de la película. Patty Jenkins ayuda y mucho a que la evolución de la protagonista sea redonda, sobre todo con las secuencias dramáticas. Es capaz de darle un tono solemne a escenas montadas en un mar de acción, consiguiendo momentos muy conmovedores. Su trabajo resulta un blockbuster impecable, urdido entre lo bélico y lo dramático. Si alguien aún no ha visto ‘Monster‘, como es un servidor, ya está tardando.


Pero ‘Wonder Woman‘ tiene como motor de la película un peligroso sentimiento; el amor. Peligroso porque fue el mismo que usó Christopher Nolan para justificar el caos por el que pasa Cooper (Matthew McConaughey) para salvar el planeta en ‘Interstellar‘, y por el cual salió sumamente apedreado.

“Ahora sé… que solo el amor puede salvar en serio al mundo. Entonces me quedo… lucho y me entrego… por el mundo que considero posible. Ahora, esta es mi misión… para siempre”.

Son las palabras de Diana en el epílogo del film, y ponen de manifiesto que su viaje, su camino hasta este final, bordeaba la línea entre el amor y el odio humano.


¿Por qué a una película se le recrimina y a otra no se le tose si la motivación que mueve a ambos protagonistas es la misma? No se trata de una cruzada pro Nolan vs anti Nolan, ni de una campaña de desprestigio hacia la película de Patty Jenkins, ni mucho menos un artículo que quiere arder en las mentes feministas, pero es curioso que se aprecie este doble rasero en dos películas donde el amor es el leitmotiv emocional. Quizá algo importante sea el género del que nacen ambas producciones. Quizá todo es más perdonable o más olvidable en una película de superhéroes que en una de ciencia ficción, pero desde luego no puede ser una cuestión argumental, pues tanto en ‘Interstellar‘ como en ‘Wonder Woman‘, el trasfondo está bien desarrollado y tratado desde la postura narrativa, aunque tengan estructuras plenamente diferentes.


El debate debe ser interesante, y por supuesto influirán gustos y opiniones (nunca fanatismos ni haterismos), y desde esta publicación se busca encontrar una respuesta sensata a por qué el amor es juzgado de manera desigual en dos películas que intentan mandar un mensaje de paz y humanidad muy necesario, una desde la paternidad más enternecedora y otra desde la oposición firme a la guerra significando la lucha por la paz como ejército.

“La Llegada”, o esas películas que se quedan dentro para siempre

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Fotograma de ‘La Llegada‘ (2016), por Denis Villeneuve

Que ‘La Llegada’ se ha colado en todos los tops, listados y hojas de cálculo de lo mejor de este pasado 2016 a última hora es algo más que claro. Que es una película que no cala por su belleza (que también), sino porque toca al espectador físicamente, también es algo obvio. Incluso que es la película que brinda el mejor papel de la carrera de Amy Adams (se puede discutir, pero la evidencia es gigantesca) también lo está. El verdadero punto de arranque del discurso en torno a “La Llegada” está en si pertenece o no a ese bolsillo de la mente humana cargado de (no muchas) cintas que desbordaron el sistema nervioso por la solemnidad de su intención.

La Llegada” se ve como una película pero se interioriza como una experiencia. Porque una experiencia es no saber describir la propia experiencia, es no encontrar las palabras que se acerquen a detallar el sentir que se producía durante su desarrollo. Un conjunto abrupto de miradas, gestos y resoplidos que terminen por vencer al vano intento del cerebro por articular frases coherentes que proyecten ese vértigo interno que se sufre después de semejante momento. Una sucesión de “no sé” como respuesta ante la imagen de un amigo atónito que pregunta el por qué de ese estado tras ver la película.

Pedro Ruiz dijo una vez que “lo bueno de ir al cine es que durante dos horas, los problemas son de otro”. Difícil encontrar más verdad en esas palabras, pero sí se pueden completar más aún. Si eso es bueno, lo extraordinario es hacer que esas dos horas sean inolvidables. “La Llegada” llega (valga la redundancia) tranquila, parsimoniosa, para luego adentrarse con cuidado, sin sobresaltar, como fijando los cinco dedos de un pie antes de posar la planta y el talón. Una vez asentada y hospedada dentro del espectador, se va soltando, con un magnetismo creciente, hasta desbordarse con una sensibilidad imparable, dejando huella, cicatriz, recuerdo y pensamiento.

Villeneuve magnetiza al espectador con su precioso trabajo realizador, Jóhann Jóhannsson lo conmueve con su majestuoso desempeño musical, y Amy Adams le roba el corazón con una inolvidable actuación, dónde la humanidad del personaje es el secreto principal de su éxito. La suma de estos factores da un resultado de catarsis emocional, de purificación de todos y cada uno de los huecos del alma, al estilo de Frank Darabont en ‘Cadena Perpetua’ (1994), de Juan José Campanella en ‘El Secreto de Sus Ojos’ (2009), de Danny Boyle en ‘127 Horas’ (2010), de Gavin O’Connor en ‘Warrior’ (2011), o de Christopher Nolan en ‘Interstellar’ (2014)

El cine se entiende como pasión por películas como “La Llegada”, por películas que no se consumen, se interiorizan, se adhieren al ADN del ser que las contempla, se refugian entre los bosques de nuestra naturaleza como seres humanos. Da igual el género, dan igual los premios, dan igual las menciones y da igual todo. “La Llegada” es ya una de esas, un recuerdo que proporcionará calidez a nuestro futuro, como la primera vez en un avión, el cerciorarse de estar enamorado, el inicio de la canción favorita en la radio del coche, la foto de tu mascota en la distancia.

El paréntesis de Juan Antonio Bayona

 

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Juan Antonio Bayona (Foto vía South China Mourning Post)

Aquel que ha elegido el camino del cine tiene un destino soñado, y ese no es otro que Hollywood. Por supuesto habrá excepciones, gente que no quiera dejar su industria cinematográfica natal, gente a la que le dé miedo salir de su zona de confort, o gente que simplemente no perciba el concepto de Hollywood como el del paraíso. Pero la lógica impera en esta industria, y así como muchos niños que sepan darle patadas a un balón sueñan con jugar en el Real Madrid o en el Barcelona, muchos atrevidos que se hayan adentrado en los caminos del séptimo arte sueñan con alcanzar la meca del cine.

Desde Barcelona se adentró un atrevido que, a día de hoy, es uno de los referentes cinematográficos más importantes de España. Juan Antonio Bayona, de 41 años de edad y natural de la capital catalana, es un director contrastado. No hace falta repasar su filmografía en Internet, pues sus títulos gozan de cierto prestigio y están en la memoria colectiva. ‘El Orfanato‘, ‘Lo Imposible‘ o la reciente y estupenda ‘Un Monstruo Viene a Verme‘ son 3 obras capitales en su carrera, y a la misma vez 3 películas exitosas tanto en crítica como en taquilla en España.

Hay un gen común en las 3 cintas que las hacen no solo similares en su naturaleza como obras, sino parte de la idiosincrasia de Bayona; la infancia. Incluso más atrás en el tiempo se pueden encontrar rastros de este, permitan la licencia, “cromosoma bayoniano”. Sus dos primeros cortos, ‘Mis Vacaciones‘ y ‘El Hombre Esponja‘, reflejan la fantasía y la nostalgia con la que Bayona recuerda la mejor época que puede vivir una persona, su crecimiento pre-adulto.

Es en los largometrajes donde Bayona perfecciona esta característica, y no solo por disfrutar de más tiempo, sino por enfocarlo desde un prisma potencialmente emotivo; el drama familiar. ‘El Orfanato‘, a pesar de contar con el terror como elemento perturbador, es la historia de una madre retrotayéndose a sus recuerdos infantiles donde su hijo juega un papel revelador. ‘Lo Imposible‘ es la historia de supervivencia de una familia desintegrada por una catástrofe inolvidable, siendo el mayor de los niños el pivote donde se mueve la película. ‘Un Monstruo Viene a Verme‘ es una oda a la fantasía de un niño y una carta preciosa a toda madre luchadora. Se repiten los patrones; infancia, madre, niño.

Pero Bayona ha decidido mudar de piel, aunque sea por un tiempo. Ha puesto el piloto en stand-by de su vehículo favorito y quiere probar otro tipo de transporte. Su fichaje por la saga de ‘Jurassic World‘ fue una noticia que Hollywood celebró y de la que España se enorgulleció. Una de las franquicias más importantes del siglo pasado contará con un español para escribir una nueva página en su historia. Aquí no habrá niños, ni infancias, ni madres a las que cantarle en forma de secuencia. Habrá dinosaurios, luchas, y gags, y aunque a Bayona esto no se le dé bien (que seguro que sí), significa todo lo contrario a un error.

Porque Bayona no se ha vendido a la comercial, sino que devora, como mente humana que es, la necesidad de saciar nuevos paladares. Su paréntesis es un antojo, un capricho en forma de oportunidad perfecta,  una carretera que se desvía del rumbo pero que abre otros senderos. Bayona seguirá hablando de infancia, de niños, de madres y de sensibilidad, porque es lo que mejor sabe hacer, y porque cambiar no significa olvidar. ‘Jurassic World II’ significará para el barcelonés el salir a la terraza de una discoteca a que te dé el aire, estando la música que te gusta bailar dentro. Saldrá, respirará y esperará el momento de volver, porque sonará otra canción que le encante bailar otra vez.

 

Casey ya no es el hermano pequeño de Ben

Se suele decir que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Pivotando sobre esta frase se proyecta otra mucho menos comentada y debatida, que es la de que detrás de cada gran personaje, hay un hermano a la sombra. Ralph Schumacher, hermano del ‘Káiser’ Michael, en los deportes, y Solange Knowles, hermana de Queen B, en la música, pueden ser dos ejemplos óptimos. Otro puede ser Casey Affleck, hermano de Ben, que además de estar oscurecido mucho tiempo por su hermano, casi siempre ha sido un secundario, pero ya se ha cansado de serlo. El hermano pequeño del Batman 2.0 del siglo XVI, tras pasarse dos décadas en papeles de soporte y en películas a caballo entre lo indie, la comedia de elenco coral y algún que otro drama notable, quiere azúcar hollywoodiense y notoriedad profesional, aunque no sea un tipo que profese muchas ganas de ser saciado de esto.

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Los hermanos Ben y Casey Affleck.

Recientemente separado de la hermana de su gran amigo Joaquin Phoenix (Summer), con la que llevaba casado desde 2006, Casey ha sido siempre conocido por dos cosas abismalmente diferentes, tanto en impacto como en importancia, que dejan a las claras (o más bien al revés) la rara avis que es el actor de Falmouth, Massachusetts; por ser el hermano de Ben Affleck, con todo lo negativo y (ahora mucho más) positivo que eso conllevaba y conlleva, y por ser unos de los pocos actores de la esfera terrestre que puede presumir de haberse comido a Brad Pitt en una película.

Su papel como Robert Ford en ‘El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ lo catapultó al éxito, y no era para menos. Su actuación, cohibida, temerosa, anhelando una vida idealizada en la figura de Brad Pitt, enamoró a la crítica. “Era una proyección de su vida real, siempre a la sombra de su hermano Ben. Es por eso por lo que fue tan bueno para el papel” decía Andrew Dominik, el director de la película, cuando rememoraba orgulloso la elección de cast de Casey. Corría el año 2007, un año inolvidable para él, y no solo por ese maravilloso western.

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Casey Affleck en ‘El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’

Su hermano Ben tomó ese mismo año una de las decisiones de las que Hollywood más se enorgullece hoy día (no más que él seguro): se lanzó a la dirección, y la primera criatura que salió de su faceta realizadora se llamó “Adios, pequeña, adios”. Por supuesto, su hermano Casey estaba disponible para lo que él quisiera, y Ben, barriendo para casa, le regaló su primer papel protagonista. Casey fue el detective Patrick Kenzie, y compartía cinta junto a una Michelle Monaghan que tuvo la mala suerte de compartir película con una bárbara y triunfal Amy Ryan, que se llevó los elogios de la crítica al encarnar a la drogadicta madre de una niña que desaparece en un barrio de Dorchester, Boston.

La película, si bien no tuvo el impacto de ‘El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’, sirvió para confirmar que lo que Affleck mostró como Robert Ford no era moco de pavo, y que se había ganado el sitio a base de talento y trabajo. Parecía que la vitola de hermanísimo desaparecía, que había encontrado su sitio sin tener que aguantar miradas ajenas de sorpresa al leer su apellido, pero, pecando de inexperiencia, no supo aprovechar el rebufo de lo que él mismo se había labrado y tardó varios años en volver a encauzar su carrera, y muchos más en prosperar definitivamente.

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Casey Affleck filma a Joaquin Phoenix durante el falso documental ‘I’m Still Here’

Tanto que estuvo 3 años fuera de todo movimiento en la industria. El por qué tenía nombre: Joaquin Phoenix. El sonado retiro del controvertido actor de origen cubano fue el leitmotiv que Affleck utilizó para grabar sus primeros pinitos como director. El resultado fue un falso documental de corte experimental llamado ‘I´m Still Here’, el cual Phoenix y Affleck etiquetaron como una deconstrucción del icono del cine y su relación con el consumo de medios y fama. Venecia fue testigo de su estreno y la vorágine de críticas, de diversa índole, fue imponente. Pero no importaba nada, Affleck estaba de vuelta. Ya solo faltaba lo esencial, hacer películas.

Una comedia bastante simpática llamada ‘Golpe de Altura’ en 2011 con Ben Stiller le inyectó confianza, puesto que Affleck es un actor con tabla en el género que provoca la risa (su participación potencialmente ascendente en la trilogía de Ocean’s así lo demuestra). Pero en 2013, tras probar junto a Rooney Mara con “En un lugar sin ley” el sabor del drama de época durante la Texas más dura a nivel legislativo, se aficiona al mismo. Repite con ‘Out Of The Furnace’, una película estupenda que se mueve entre el drama familiar y la situación humana post-guerra dirigida por Scott Cooper donde comparte pantalla con un gigante de la interpretación como es Christian Bale, y en 2014 le llega el primer gran nombre a su mesa: Christopher Nolan. El británico le quería como parte de su espectacular odisea espacial en ‘Interstellar’, y a pesar de ser uno de lo que menos metraje disfrutaba, no pasó desapercibido.

Affleck llegaba a 2014 presentando una hoja de servicio donde quedaba reflejado el ser un recurrente de Gus Van Sant, un hombre de confianza de Steven Soderbergh y un elegido de Christopher Nolan. John Hillcoat y Craig Gillespie le quieren para un thriller y un drama biográfico de contexto marítimo respectivamente. Es durante el rodaje de ‘La hora decisiva’ cuando Affleck desvela que él es el sustituto de Matt Damon en la nueva película de Kenneth Lonergan, ‘Manchester frente al mar’. Damon era de inicio el elegido, y Affleck era una opción en cubierta mientras Damon dilucidaba si podía ser parte o no del proyecto. Nunca se sabrá qué hubiese sido la película con Matt Damon como el fontanero Lee Chandler, pero desde luego cuesta pensar que el éxito hubiese sido mayor que el que ha vivido la película con Affleck en ese rol.

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Kyle Chandler y Casey Affleck en una escena de ‘Manchester frente al mar’

El éxito más indiscutible desde Toronto ha levantado una expectación espectacular y la película aunó rápidamente criterios en torno a la opinión de que era una frontrunner en esta temporada de premios. No sólo la película disfruta de esa suerte. Casey Affleck era aclamado por su brillante, rota y emotiva actuación y desde que salieron los primeros termómetros, listados de apuestas y predicciones no se ha bajado de los primeros puestos de la categoría de mejor actor. Apenas se ha rebasado el ecuador de octubre, febrero se ve muy lejos, y este año parece haber muchas y muy buenas candidaturas en vez de pocas y extraordinarias, pero que Affleck esté 9 años después en el escaparate no es sino la recompensa que se lleva mereciendo como se dice, ‘a la chita callando’.

Casey Affleck, a sus 41 años, es de esos americanos que extrañamente resaltan por su sencillez, como el no entender en qué se basa alguien para que le diga que le conozca sólo porque es un tipo de Boston. De hecho, es una persona que rompe con el arquetipo de famoso excéntrico y humaniza al actor de Hollywood. Aceptó la oscuridad indirecta que le tocó de nacimiento llegado el momento, aprovechó sus oportunidades, probó suerte en otras cosas que no eran lo suyo, se equivocó y acertó en decisiones profesionales y, como algo quizá particular, es vegano y no come carne. La demanda que tramitó y solventó por acoso sexual en 2010 fuera de la corte no ha empañado ni su carrera ni su vida privada, algo tremendamente extraño en una persona de reconocido calado social. Affleck y su sencillez.

Manohla Dargis, la principal crítica cinematográfica del New York Times, dijo después del estreno de “Adiós, pequeña, adiós” en el periódico neoyorkino lo siguiente: “No sé cuándo se había convertido (Affleck) en tan buen actor. La mayoría de actores quieren que los ames, pero él no parece querer eso, o tal vez no le importa”. Casi 10 años después, a Casey Affleck ahora sí que le importa.

 

 

No se vayan nunca

¿Cuantas veces has escuchado o leído eso de que “a las tías sólo les gustan los chicos malos“? Probablemente te falten dedos de las manos de un anfiteatro del Teatro Falla para contabilizarlas. Normalmente, la frase emana de un consejo de un amigo, aunque últimamente a este consejo se le está poniendo cara de firma de resignación al terminar una conversación. ¿Es verdad eso? ¿Se están extinguiendo de verdad los que aún piensan que las mujeres no son un trofeo del que presumir sino un espejo al que constantemente mirar y dar el brillo que se merecen? O peor aún, ¿acaso están este tipo de hombres, en discutido peligro de extinción, obligados a convertirse en algo que no son solo para estar con la persona que quieren?

Quedan pocos, porque la realidad aplastante los oprime, los esconde, los encierra, los manda al ostracismo o, desgraciadamente, los invierte en algo totalmente detestable en aras de un sueño que antes lucía bonito como reto y ahora luce sucio como premio. Quedan pocos, porque se resignan, porque se entristecen, porque enmudecen, porque se desilusionan, y porque les roban las ganas cuando ellos mismos, sin quererlo, han sido llamados a juicio, sin poder defenderse han sido juzgados y sin posibilidad de recurso han sido condenados. Quedan pocos, porque ninguna los aplaude, porque ninguna los anima, porque ninguna los valora, porque ninguna les refuerza, porque ninguna les soporta, y porque ninguna cree en ellos a pesar de que ellos crean en ella, en él y en ellos por los 3.

Le dice Bruce Wayne al Comisario Gordon en el final de ‘The Dark Knight‘ que “a veces con la verdad no es suficiente. A veces la gente se merece más…..una recompensa, por tener fe“. No se apremia la fe de estos ilusos soñadores de avenidas de estrellas polares, cuando el mundo debería plegarse a sus pies por tener el tesón que tienen a la hora de pelear por algo que no solo quieren, sino que adoran, anhelan, necesitan, valoran y hasta aman. No se recompensa al bueno que con bondad quiere iluminar a alguien, se le veta de por vida y encima con el castigo de ver que las malas formas alcanzan la gloria que él muere por siquiera mirar. No se escoge al que está siempre para lo bueno, lo malo, lo semi-bueno, lo semi-malo, lo muy bueno, lo muy malo, lo normal y lo semi-normal, pero sí se escoge al que no está, y es inexplicable, perdóname, que se haga por eso mismo, porque no está.

Esto no es un consuelo, porque cada uno es un mundo y la carga que cada uno lleva la sabe él mismo. Tampoco es un alegato de defensa ni una crítica a la mujer (no se olvide esto último, porque la mujer es, como siempre he pensado, la razón de que puedas estar leyendo esto ahora), y tampoco es un llanto por un reciente “no” recibido personalmente. Esto es una constatación de que se ha de seguir siendo un señor romántico, de que habrá valido la pena todo el esfuerzo más pronto que tarde, de que de capítulos malos también se escribe un buen libro, de que cada tocada de suelo supone un punto de partida. Existen, existen con total seguridad esas mujeres que saben que tienen enfrente a alguien intentando enamorarlas, que se quedan con comprar una chuchería antes que con no hablarles un día entero por WhatsApp, que prefieren al que demuestra que al que deja por demostrar, que les agrada más una caricia detrás de una oreja que una discusión de orgullos.

Y si no existen ni existiesen nunca, no hay soledad más placentera que la de no estar con alguien que no te merece. Si esta no te ha visto ni a ti ni a tu grandeza e importancia es que no es esta, si esta otra no ha valorado ni un ápice del esfuerzo titánico que haces cada momento por que su día sea más feliz de lo que puede ser el día de cualquier millonario, tampoco es esta otra, y si esta última no sabe ver o no quiere ver el caudal de cariño y amor que almacenas en el embalse que los científicos llaman corazón, es que tampoco es esta última. No desistan, no se rindan, no aflojen, no abandonen nunca esta cruzada que a veces creen perdida y que por momentos da coletazos de ilusión ante la llegada de una posible huésped coronaria. Aguanten más silencios, más miradas al techo o al cielo, más pausas en conversaciones virtuales, más minutos de tardanza, más confesiones que quiebran corazones, más noches consideradas fracasos y más revisiones de perfil en RRSS.

Pero sobre todo sigan, sigan siendo dulces, sigan siendo amables, sigan siendo cariñosos, sigan siendo generosos, sigan poniendo la otra mejilla a pesar de que por ustedes no pongan ni una uña, sigan creyendo en lo que son y lo que pueden conseguir, sigan creyéndose gigantes (porque lo son), sigan regalando detalles y calentando una silla de la que quizá se levanten pronto, sigan batallando en la trinchera más amarga del mundo que se llama desamor, sigan soportando enfados injustos que no merecen, sigan fuertes tras un no, aunque cueste una vida levantarse a la mañana siguiente, sigan ahí a pesar de que pasen días sin hablar. Ni fracaso ni lección ni aprendizaje ni enseñanza. Sigan ahí, fuertes, queriendo más que nunca, porque el que quiere no desiste, y el que no desiste tiene felicidad seguro. No se vayan nunca.

 

Crítica de ‘Escuadrón Suicida’ (2016)

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SINOPSIS: Mientras el gobierno de EE.UU no tiene claro cómo responder a una visita alienígena a la Tierra con intenciones malignas, Amanda ‘El Muro’ Waller (Viola Davis), la líder de la agencia secreta A.R.G.U.S., ofrece una curiosa solución: reclutar a los villanos más crueles, con habilidades letales e incluso mágicas, para que trabajen para ellos. Sin demasiadas opciones a dar una negativa, los ocho supervillanos más peligrosos del mundo acceden a colaborar con el Ejecutivo en peligrosas misiones secretas, casi suicidas, para así lograr limpiar su expediente.

 

CRÍTICA: Para cualquier conclusión que se tome en esta vida es necesario una pausa, un momento de reflexión, un breve espacio de tiempo que corrobore que nuestra conclusión es, primero, acorde a lo que de verdad pensamos y, segundo, que está ajena a cualquier relación sentimental subjetiva acerca de lo que se va a concluir. Por eso, la pausa que se han tomado estas líneas y su creador en escribir sobre ‘Escuadrón Suicida’, la 3ª planta del edificio de oficinas cinéfilas compartidas entre DC y Warner, ha durado casi 20 días luego de su estreno en España, porque esto es lo que de verdad se quiere opinar desde este humilde y nada influenciable medio, y porque ya no hay atadura subjetiva de ningún tipo sobre el producto.

 

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Mucho se ha hablado sobre la producción de este filme. Mucho se ha especulado, más se ha culpado y muy poco se ha dejado a la veracidad de los hechos, pero aún así, la realidad habla por sí sola. Había una película en ‘Escuadrón Suicida’, pero en la sala de montaje la despedazaron. El parto fue problemático y la criatura salió enferma. Se decidió actuar con mutismo de puertas para fuera confiados de que los puntos fuertes taparan la evidencia, pero resulta que ni siquiera los puntos fuertes eran tan fuertes, y los débiles se hacían mucho más visibles y se percibían más alarmantes. ‘Escuadrón Suicida’ estaba medio muerta tras salir del proceso de edición y en vez de haberla salvado, la terminaron por apuntillar. David Ayer se esforzó con esmero en hacer una película peculiar, dura pero no brusca, donde la maldad deje un paso a la chulería, ya que se sabe talentoso en el campo de la acción (cosa que demuestra), pero no es que no lo lograse, es que no le dejaron lograrlo.

 

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En los 123 minutos puntualizados que dura la película reina la inconexión. Hay secuencias cortadas que hacen de ciertas escenas un sin sentido donde abunda la incoherencia. El error más extendido es el de la incomprensión narrativa. Puede ser porque el guión es de verdad un desastre o porque ese proceso de montaje vuelve al propio guión un despropósito, pero uno de los dos movimientos ha resultado fatal en el resultado del filme. El trato de los personajes da para tesis de lo incorrecto. La introducción de todos se formula de manera errónea. Sensación de aceleración innecesaria que lleva a una presentación incompleta y desaprovechada. Con Harley Quinn (interpretada con sensualidad y adorable locura por Margot Robbie) el espectador debe suponer que ha sufrido un turn heel en su personaje, y debe suponerlo porque no hay clarividencia en las escenas de sus orígenes, sino acercamiento a la concreción. Si no lo hace, está sumamente perdido.

 

 

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Resulta complicado analizar en una crítica al uso la salvajada que se hace con algunos personajes. La función en ‘Escuadrón Suicida’ del personaje de Slipknot, al que da vida Adam Beach, es recurso digno de un telefilm, y que el mismo haya tenido promoción, marketing y merchandising es de juzgado de guardia. Más de lo mismo con el Capitán Boomerang que interpreta Jay Courtney. Su importancia en la película es igual a 0, y hay quien se agarra al “es que él en el cómic es exactamente así”. Pero a ver, a los que no leen cómics entonces, ¿no se les explica nada? ¿son pérdidas en la audiencia necesarias? Para más inri, las interpretaciones no ayudan a arreglar el desaguisado. Smith y Robbie se pueden salvar, argumento comprable, por la carga emotiva del primero y por la libertad creativa  que se le concede y aprovecha la segunda, pero el resto firma un intento global forzado de brindar carisma.

 

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Tema para discutir aparte el del Joker. La expectación que creó el fichaje de Jared Leto, junto a su preparación, las primeras imágenes de su look y el ser el elegido para suceder lo que hizo Heath Ledger, hizo de su actuación una de las más esperadas del año, pero Leto no ha estado a la altura. Su intento por imprimir un sello propio termina por resultar excesivo y acaba firmando una performance bastante histriónica. Todo luce antinatural, forzado, cercano a un intento por llamar la atención que termina por disiparla. La impronta que Ledger le dio a su Joker lo encumbró en los altares, y Leto, a su manera, ha intentado seguir sus pasos pero no lo ha conseguido, aunque no solamente es por su culpa. Las más de 20 escenas eliminadas de la película en la sala de edición donde él sale son una prueba más que de nuevo el montaje es el culpable que hace de esta película un producto pésimo.

 

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‘Escuadrón Suicida’ es una película dañina, por estar mal escrita, por estar peor desarrollada, y porque tiene un villano carne de Razzie, un antagonista insustancial, pura ojana, que da pena, que parece sacado de una parodia de cualquier videoclip. Ni siquiera se salva por la genial música que se despliega durante su visionado. Da bastante pena que una película que tiene de fondo a MC Hammer, The White Stripes o Panic! At The Disco deje con una sensación tan lamentable después de verla. O bien pecaron de soberbia y pusieron en liza varios temazos para enorgullecerse del trabajo realizado o bien están puesto para aliviar tal desastre. Sea como fuere, ‘Escuadrón Suicida’ será recordada por tener uno de los peores montajes de la historia del género, y decimos del género por ser piadosos. Pobre Wonder Woman, la de lupas que se le vienen encima..

Crítica de “Demolition” (2016)

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SINOPSIS: Davis Mitchell (Jake Gyllenhaal) es un exitoso ejecutivo que sufre una grave desconexión emocional tras la repentina y trágica muerte de su mujer (Heather Lind) en un accidente de coche. Aunque su suegro (Chris Cooper) intenta por todos los medios que se recupere, continúa bloqueado y se dedica a desmontar compulsivamente toda clase de objetos. Gracias a la ayuda de Karen (Naomi Watts) y de su hijo, a los que acaba de conocer, Davis empieza a reconstruir su vida.

 

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CRÍTICA: Edward Wilson fue, a parte de demócrata y científico, un erudito de la sociobiología. Se le considera el padre de la misma (de hecho, sociobiología es un término acuñado por él mismo). La sociobiología estudia la sociedad teniendo en cuenta las leyes de la biología y los descubrimientos sobre genética. Algo que se puede sacar en claro de sus estudios y sobre todo de sus “principios de la sociobiología” es que, al final, se reduce al ser humano a un animal más. Wilson y sus homónimos se olvidaban de que el ser humano no solo ha salido del mundo animal, sino que ha creado uno cultural. Es el ser humano más inteligente gracias a la razón, pero…¿qué pasa cuando se nubla la razón?

 

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El ser humano deja de ser humano cuando pierde la razón. Motivos hay muchos para perderla, uno de ellos, la muerte de alguien muy cercano. Es lo que le pasa a Davis Mitchell (Jake Gyllenhaal) en ‘Demolition’, la última película del director canadiense Jean-Marc Vallée. Un suceso trágico asoma a las primeras de cambio en la pantalla y cambia el rostro del espectador. La película es valiente, se la juega enseñando donde está el sostén de su argumento a las primeras de cambio, y seguidamente sumerge al espectador, gracias a la reacción del protagonista, en un debate que tiene de interesante lo mismo que de macabro: ¿Se puede criticar una reacción anormal a pesar de ser producto de una tragedia?

 

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‘Demolition’ quiere ser el conductor de ese debate. La película es una cirugía total del sentir humano por parte de Bryan Sipe en la narrativa y por parte de Vallée en lo visual. El desborde de sentimientos que sufre el protagonista (y no solo él) es incontenible. Se trata de un relato que toca decenas de emociones bajo un contexto de muerte, honestidad y cambio. La figura del personaje de Jake Gyllenhaal nos sirve de segmento para vivir todo ese combo de feelings, para mostrar a un hombre que lo mismo canaliza su emoción escribiendo una carta de reclamación que lo hace destruyendo cosas o siendo lo más sincero posible ante cualquier tipo de afrenta que se le presenta, pero nunca bajo el llanto y el duelo tras una muerte tan dolorosa.

 

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Jake Gyllenhaal no da su mejor actuación pero sí la más natural. Él es Davis Mitchell sin anhelo de teatralizar, sin necesidad de forzar un estado de ánimo. Tanto los momentos contenidos como los momentos de éxtasis a causa de la destrucción o de una simple canción son interpretados con la más común de las naturalidades, como si la realidad fuese que Davis Mitchell existe y esté reaccionado de esa extraña manera ante el fallecimiento de su mujer. Sus compañeros en pantalla, Chris Cooper y Naomi Watts, están correctos, uno significando la mesura del típico ejecutivo americano cuyos negocios son la vía de escape a la muerte de su hija y otra siendo ese apoyo inesperado que hoy en día puede significar cualquier persona a través de la red de ficción más antigua del mundo, las cartas.

 

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El auténtico showstopper de la película es Judah Lewis. Su personaje refuerza el móvil de actuación del de Gyllenhaal a la vez que despierta en él sentimientos encontrados que dudaba que tuviese internos en él. Es una auténtica lástima que salga tan poco en una película cuyo punto débil podría ser lo atrevidamente pretencioso que es su director, pero este defecto cae en saco roto ante la magnitud de la historia que se acaba de ver. ‘Demolition’ es motivación, es reacción y cambio, una pasada de página atípica, el demoler lo generado para regenerar lo demolido. ‘Demolition’ es puro sentimiento, es un viaje emocional del discurrir humano ante un suceso que nubla la razón, un análisis a cuerpo abierto del comportamiento de una persona que tiene el juicio pendiente de un hilo. Es un peliculón fantástico que va a pasar desapercibido, y esto sí es para perder el juicio.